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domingo, 31 de mayo de 2009

Se acabaron las bravas

Una sabia amiga me dijo una vez que hay que saber cerrar las etapas.
Y yo cierro hoy la mía como camarera en un bar de tapas de Berlín.


Once meses de camarera.
Tres, cuatro, cinco días a la semana.
Cinco, seis, nueve horas de trabajo. A veces -las menos- diez.

Dos pantalones negros, tres camisas blancas, cuatro polos con el logo del bar, incontables y horribles calcetines-media de color carne. Tres pares de zapatos destrozados.
Una docena de bolis. La mitad se perdieron, la otra mitad se rompieron. De uno se me acabó la tinta.

Muchos compañeros de trabajo que ahora llamo amigos.
Muchas risas.
Algún cabreo.

Rotos: una decena platos (de los cuales sólo uno, lleno de comida, delante del cliente), una docena de vasos de café y dos docenas de vasos de vino hechos añicos.
Una cerveza al suelo, una copa de sangría encima del abrigo de una señora que montó en cólera y quiso que le pagara la tintorería.

Clientes amables, clientes que pasan desapercibidos, clientes muy simpáticos y clientes muy estúpidos. Clientes que me ayudan a abrir la botella de vino cuando me pongo nerviosa. Clientes que me agradecen con un abrazo la velada. Clientes agradecidos por la recomendación de algún vino. Clientes que alaban mi alemán, clientes que me hablan en italiano. Algún número de teléfono, un poema.

Una Nochevieja llevando un sombrero de cowboy de purpurina rosa y una mesa que se largó sin pagar.
Un cumpleaños llevando delantal blanco y brindando con cava rosado.

Hemingway Sour, Alhambra, Urquell, San Miguel, Gin Gimlet, Erschloraque.

No creo que haya perdido el tiempo.

domingo, 10 de mayo de 2009

Demasiado arroz

Más cosas que pasan cuando trabajas en un bar de tapas en Berlín.

Me acerco a una mesa (la 14, más exactamente) para retirar los platos de una pareja que había pedido una paella. Veo que se han comido sólo la verdura, el marisco y la carne, y que queda un montón de arroz en los platos.



Les pregunto educadamente: "¿No les ha gustado la paella?"
Me responden: "Sí, pero es que tenía demasiado arroz."

Me alejo con cara de desconcierto absoluto sin acertar a responder nada.

miércoles, 8 de abril de 2009

Poesía de sábado noche

Hay muchos hombres y mujeres que vienen al bar y se pasan horas leyendo un libro o escribiendo. Me gusta observar a esas personas. Suelen tienen un aire absorto y concentrado a pesar del barullo tan español que suele haber siempre, y siempre te sonríen cuando les pones otra copa delante o alguna tapa.



El sábado pasado había una de esas personas sentadas en la barra. Era un hombre de aire algo distraído que tenía delante de él una copa de tinto y una libreta abierta. No tenía ese aura bohemia que suele rodear a este tipo de gente, sino que parecía más bien un oficinista que acababa de salir del trabajo.

Lo cierto es que al cabo de un rato consiguió enervarme, porque cada vez que yo pasaba por delante, él levantaba la vista y me miraba, y yo, pensando que quería algo, le preguntaba cada vez: Möchten Sie noch etwas?, y siempre me negaba con la cabeza.

Ya casi al final de la noche se acercó al lado de la barra donde yo estaba y se quedó de pie, mirándome, sin decir nada. Me sentí entre intrigada e incómoda, incluso algo estúpida, pero le sonreí y le volví a preguntar: Möchten Sie etwas? Entonces me tendió un posavasos y me dijo: Here, it's for you. It's been a long time since I last wrote, but tonight I wrote this for you. (Vaya, resultaba que era inglés, y yo toda la noche hablándole en alemán.) No sé muy bien qué hice, si me reí, le sonreí o qué, pero pienso que acerté a decirle Thank you mientras cogía el posavasos. El hombre se marchó sin decir nada más y yo me puse a leer:

Raphaelian beauty -
whose startled attraction cannot be hidden behind foam-rimmed glasses of Yosoy.
A glance -
eyes widen so...
But all business in a tight white apron.



Pensé que, al fin y al cabo, hay días en los que merece la pena ser camarera. También pensé en qué bonita casualidad: esto ocurrió el día en que comuniqué a mis jefes que dejasen de contar conmigo a partir del 31 de mayo.


lunes, 23 de marzo de 2009

Que no

Que no encuentro tiempo para nada.



Que no me apetece acabar las entradas que tengo a medio escribir sobre una infinidad de películas: La Teta Asustada, Coyote, Letters to the President, Khartoum, Beeswax..

Que no quiero trabajar más hasta las cuatro de la mañana ni tener que plancharme las horribles camisas blancas.



Que no. Que no puede ser. Que estamos a finales de marzo y cae aguanieve.

Pues eso.

lunes, 6 de octubre de 2008

Prohibido dar besos


Desde aquí me he metido varias veces con los españoles ignorantes que vienen al bar donde trabajo, pero todavía no había hablado del miserable de mi jefe (alemán, todo sea dicho).

Pero hoy le dedico una entrada a él solito, porque se lo ha ganado a pulso.

Pasaré por alto lo pesetero que es y su inclinación a humillar a aquel que esté a su mando para centrarme en otro rasgo de su carácter: su propensión a poner nuevas reglas. Normalmente hace que nosotros, sus subordinados, firmemos hojas con la nueva reglamentación para que nadie se escaquee. Un día tenemos que firmar que no cantaremos más mientras trabajamos (con lo que mola cantar Alaska mientras friegas), otro día, que no haremos ruido mientras recogemos la terraza (bajo amenaza de despido inmediato), al siguiente, juramos solemnemente planchar las camisas blancas que llevamos.

Pues bien.

Ayer llego a trabajar, y mientras le sacábamos brillo a las copas de vino, me comenta un amigo (camarero, evidentemente): "¿Te has enterado de la nueva regla del jefe?" "No." "Que no nos podemos dar besos."
[Aquí imaginaos mi cara de desconcierto: "¿Perdón?"]
Mi amigo prosiguió con su explicación: "Que como ha llegado el otoño, pues no quiere que nos demos besos al saludarnos, por si nos pasamos la gripe y nos ponemos enfermos todos."

¿Quéeeeee?
¿Que no nos podemos saludar más con dos besos porque ha llegado el otoño?

Evidentemente, al poco todos decidimos montar una gran orgía en cuanto uno de nosotros cayera enfermo, para ver si así efectivamente nos poníamos todos malos -con cuarenta de fiebre, preferentemente- y que ninguno pudiese ir a trabajar. Menudas risas nos estuvimos echando toda la noche con la prohibición.

Y, evidentemente, al marcharnos, todos nos dimos dos besos bien dados (en la mejilla).




lunes, 18 de agosto de 2008

Risotto



Tres italianos jóvenes. Camisa, repeinados. Veintibastantes. Se conocen desde la facultad y tienen por costumbre irse de viaje juntos algunos días cada verano. Antes eran cuatro los que se iban de vacaciones, pero el otro se echó novia.

Vamos, digo yo.

En todo caso, eran tres italianos jóvenes, llevaban camisa y estaban repeinados.

Se sientan en la barra (mi dominio personal) y tras unas cuantas frases en inglés yo les hablo en castellano y ellos en italiano, resulta mucho más práctico. Piden sangría y paella.

Personalmente, cada vez que alguien pide en el restaurante paella, se me encoje el corazón. Si son españoles, se lo desaconsejo amablemente. Otra camarera, también de Valencia, dice cada vez que saca una paella a la mesa: "Si la meua mare ho vera..." Pero no hay que ser de Valencia para reconocer que lo que hacen en el restaurante tiene de paella únicamente el nombre: la hacen en olla, está bien especiadita (no me preguntéis con qué), lleva caldito, pollo y marisco, y la sirven en una mini-paella con todo el arroz amontonado. Es descorazonador.

Pero volvamos a nuestros italianos. En este caso no me atrevo a decirles la verdad sobre esa comida que aparece en la carta como "Paella tradicional". Así que piden tres raciones y, mientras esperan, comentan en voz baja la pinta de las tapas que están en el mostrador.

Pasa media hora (entretanto les he convencido para que se pidan una tapita de ensalada de marisco para matar el tiempo) y sale la paella de cocina.

Se la pongo encima de la barra y los tres ponen los ojos como platos. No saben qué hacer, qué decir. Evidentemente, no es lo que se esperaban. Uno mira a los otros dos, junta los cinco dedos de su mano derecha, los agita delante de la cara y exclama: "Ma... questo es risotto!"

Y yo me tuve que girar para que no se me notase que me estaba partiendo de risa.

sábado, 16 de agosto de 2008

Como en España, en ningún sitio.


Dos españoles sentados en la barra del restaurante. Parecen hombres de negocios que han venido a Berlín a cerrar algún trato, pero es 15 de agosto. Quizá sean sufridos maridos que descansan mientras sus mujeres están de shopping en las tiendas más in del este de Berlín.

Los dos me dan conversación mientras apilo platos con servilletas. Un plato, una servilleta, un plato, una servilleta, un plato, una servilleta. Un plato, una servilleta. Fascinante.

-Hay que ver, cuánta gente hay en este bar, ¿no?
-Sí, la verdad es que sí. [Sonrío mientras me concentro en las servilletas.]
-Qué bonito han dejado el Este de Berlín, ¿verdad? Hay que ver, todo tan limpio, tan nuevo. No como antes.
-Mmm, sí, es verdad.
[Aquí ambos clientes dejan de caerme simpáticos. Menudo comentario chorra.]
-Pues hemos visto el bar y nos hemos dicho: "Vamos a ver qué tal".
-Claro, qué bien. [Aquí dejo de intervenir en la conversación y los clientes, ante mi dedicación a la tarea de apilar platos con servilletas, deciden seguir hablando entre ellos.]
-No me extraña que el bar esté tan lleno, la verdad. Con lo buena que está la comida española.
-Y lo hartos que tienen que estar los alemanes de salchichas y chucrut. Todo el día salchichas y chucrut.
-Claro, es que no comen nada más, ¿eh?
-Por eso vendrán aquí. Es que esto no lo pueden encontrar en otro sitio, aquí tienen un montón de variedad de comida. Y por eso a los alemanes les gusta tanto todo lo español. Y es verdad, ¿eh? Hay que ver cómo les gusta España.
-Normal. Donde esté la comida española, que se quite lo demás.


Pues eso: que los alemanes sólo comen salchichas y que, como en España, en ningún sitio.


jueves, 10 de julio de 2008

Cosas que ocurren en un bar de tapas de Berlín

No he contado todavía en estas impresiones que la semana pasada empecé a trabajar de camarera en un bar de tapas del centro de Berlín. Dejando los detalles a un lado, quería compartir con vosotros algunas pocas observaciones (todas de gran valor sociológico) que he ido realizando. Resulta increíble la de anécdotas que se juntan en un par de días cuando estás tantas horas detrás de una barra.




Para empezar, y como introducción, os hablaré de los dos tipos de clientes principales del bar-restaurante. Se dividen en dos categorías:

A, los españoles que han venido a pasar tres o cuatro días a Berlín y ya echan de menos unas patatitas bravas y que les hablen en cristiano. Normalmente exclaman al ver la carta: "¡Qué bien, tienen San Miguel!" A mí se me queda siempre cara de panoli. Tendré que empezar a practicar la cara de póquer.
Lo cierto es que los españoles son divertidos y dan pie a una multitud de anécdotas. Como la de ayer. Familia típica: papá, mamá, hijo, hija. Se sientan todos en la barra (es decir, que les tenía enfrente) y la señora me da conversación. Lo típico: que cuántos años tienes, que qué estudias, etc. Tras veinte minutos así, me dice: "¿Y dónde has aprendido español? Porque hay que ver lo bien que hablas". No supe reaccionar a tiempo y me quedé con cara de qué-me-estás-contando.
Ahora bien, la situación típica es la de la pareja jovencita de Madrid que tras gastarse 40 euros en cenar dejan 30 céntimos de propina (ni uno más, ni uno menos).


El tipo de cliente B son los alemanes que veranean en España y, ya que salen a cenar, practican un poco su español (he notado que les cuesta decir "empanadilla") y además alardean de sus conocimientos gastronómicos (sobre cuando son hombres acompañados por una mujer): "¿Pero el alioli es casero? ¿No tenéis bacalao en tomate? ¿Hacen la paella al momento?" Pero no os equivoquéis, me resultan muy simpáticos. Y esos al menos dejan buenas propinas.

Ahora en verano también existe un caso C de cliente: los ingleses/estadounidenses (para el caso, da igual) que beben cantidades ingentes de vino y por supuesto, te hablan directamente en su idioma para que les entiendas. He de decir que hay excepción a la regla: ayer un señor muy amable de Texas quería practicar su español y me gritó a pleno pulmón desde la otra punta del bar: "¡Tráigame una de manchego!"

Pero lo de ser camarera tiene su intríngulis, no os vayáis a pensar. Por ejemplo, he desarrollado una técnica insuperable para escaquearme de las preguntas tipo: "¿Y qué vino me recomiendas?" incluso antes de haber sido formuladas. El truco es abrirles la carta de vinos y decir: "Les dejo que elijan entre nuestra amplia oferta" y salir corriendo. Por ahora ha funcionado.

También hay clientes que te hacen vivir momentos surrealistas como la señora alemana vegetariana que, después de poner cara de asco delante de todas las tapas porque casi todas son de pescado, de decirme que tampoco come champiñones ni queso de cabra, que no le gustan las alcaparras ni los pimientos con queso, decide meterse entre pecho y espalda una ensalada de patatas, aceitunas... y beicon, porque "Total, da igual".

Y el momento impagable del día es salir de trabajar a las cuatro y media de la mañana y que sea totalmente de día. Viva el verano berlinés.