Cuando emprendí el largo viaje hacia Itaca, nada sabía yo de adónde me llevaría. Hoy en día sigo sin saberlo exactamente, pero lo que sí sé es que mi etapa en Berlín ha acabado, y por tanto las impresiones berlinesas dejarán de existir.
Algo que empezó como una forma de tener al tanto de lo que iba viviendo a la gente de mi alrededor se convirtió en algo que ha ido más allá. No sabría calificar ese "algo": ¿quizá una ventana entre mi mundo y el exterior, un termómetro de mis vivencias berlinesas, una forma diferente de compartir mis inquietudes con la gente que me rodea y la que no?
En todo caso, pienso que voy a seguir con esta especie de adicción que es el blog, aunque bajo un nuevo nombre. A ver qué pasa. Nos vemos allí.
Salgo de casa a las cinco de la tarde, el cielo está azul y brilla el sol.
Saco la bici y me voy pedaleando hacia el centro de la ciudad. Al pasar por Hauptbahnhof, la estación central de Berlín, casi me caigo al ver este anuncio:
La inmobiliaria Chamartín ha puesto un pedazo de cartel en español en la estación. Se me ponen los pelos de punta de pensar que las inmobiliarias españolas, con esa concepción del urbanismo tan poco respetuosa, tan masificadora, tan de sacar dinero como sea, puedan meter mano en esta ciudad. Además son tan burros que ni siquiera saben puntuar bien las frases en sus anuncios.
Sigo mi camino tranquilamente. Paso por Tiergarten, que en esta época del año está precioso, verde y lleno de gente que toma el sol, atravieso Potsdamer Platz y llego a mi destino, el museo Martin-Gropius-Bau, del que ya os he hablado alguna vez, donde había quedado con una amiga a ver una exposición. Mientras la esperaba fuera del edificio, me vuelve a salir mi lado más "vivo-en-berlín-pero-soy-extranjera" y hago una foto más typical imposible: un trozo del muro de Berlín con el antiguo Ministerio del Aire (el Reichsluftfahrtministerium, si os animáis a pronunciarlo en alemán) en segundo plano, uno de los poquísimos edificios construidos durante el nacionalsocialismo que aún siguen en pie.
Ya dentro de la exposición, una retrospectiva genial del fotógrafo alemán Hannes Kilian, me las apaño para conseguir hacer de extranjis una foto de una foto -valga la redundancia- que me llama mucho la atención. Dice el cartelito explicativo que son tres mujeres policía andando por las calles de Jerusalén en 1970. Atentos a los botines, los pantalones cortos y los gorritos.
Después de la exposición me vuelvo a subir a la bici. Hay una luz preciosa y hago estas fotos al lado de la estación del U-Bahn Hallesches Tor.
Llego a mi destino cuando ya empieza a irse la luz: Görlitzer Park.
Me quedo un rato con unos amigos en la hierba del parque, tumbados, sin hacer gran cosa. Al final una amiga y yo decidimos coger la bici de nuevo (esta vez conduciendo ella y yo de paquete detrás) e ir a una rave que han organizado cerca del Schwarzer Kanal. Yo nunca he estado allí y me pica mucho la curiosidad.
Mientras mi amiga pedalea y yo intento no caerme, veo uno de los graffitis más bonitos en cuanto a mensaje y más feos en cuanto a estética desde que he llegado de Berlín: die Grenze verläuft nicht zwischen oben und unten sondern zwischen dir und mir:
(Perdonad la calidad de la foto, estaba lejos y además empezaba a ser muy de noche)
Es decir: la frontera no transcurre entre arriba y abajo, sino entre tú y yo.
Poético, ¿no? El caso es que es una réplica a otro graffiti que se ha hecho muy famoso en Berlín y que dice: die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern sondern zwischen oben und unten, que viene a ser: la frontera no transcurre entre los pueblos, sino entre arriba y abajo. Toda una declaración de principios al más puro estilo primera internacional comunista. Dejando idealismos aparte, prefiero la amargura de la versión romántica.
Llegamos a la rave. Mucha, mucha, mucha gente. Todo muy oscuro, unos tipos han hecho un fuego en una esquina. Foto.
Mi amiga y yo nos metemos entre la gente. Empezamos a bailar. La música se apaga. No han pasado ni dos minutos desde que llegamos a la fiesta. Nos explican que son las diez de la noche: toca apagar la música antes de que se queje alguien y llegue la policía. Pero, ¿cómo podemos tener tan mala suerte?
Pues nada. Nos bebemos entre las dos la cerveza que habíamos comprado por el camino, sentadas al borde del canal, con los pies colgando encima del río. Los chicos que están a nuestro lado nos dan un poco de palique y nos invitan a una fiesta el sábado que viene.
Vuelvo a coger la bici y después de 40 minutos de pedaleo llego a casa, justo cuando está empezando a llover. Me siento en el balcón, enciendo unas velas y me quedo mirando la noche. Al rato me meto en mi habitación, enciendo el ordenador, paso las fotos al disco duro y decido contaros lo que he hecho hoy.
Por cierto, que esto es lo que estoy escuchando mientras escribo estas líneas:
Os dejo unas poquitas fotos que hice la semana pasada mientras paseaba con mi cámara al atardecer por los alrededores de Frankfurter Tor, eje central del antiguo Berlín Este.
No dejan de ser las típicas imágenes de postal que toman como elemento central la torre de televisión, el Alex.
Supongo que el hacer estas fotos delata mi posición de extranjera-viviendo-en-Berlín, por mucho que me pese. Yo quiero pensar que después de dos años viviendo aquí ya soy berlinesa y no tengo nada que ver con las masas de turistas que se hacen fotos delante del Reichstag. No necesito un plano para moverme por el metro ni siento la necesidad de comerme una salchicha porque estoy en Alemania.
Pero luego voy paseando por las calles de Berlín y hago fotos de postal.
Últimamente esta es la canción que ponemos en casa mientras desayunamos, para despertarnos con energía. Me gusta mucho, no sólo por la música, sino por la letra. (Tampoco creáis que lo pillo todo de oído, he tenido que mirar la letra en Internet para entenderla al 100%).
Describe una Berlín alejada de los tópicos de folleto turístico, de la imagen idílica de los barrios hippie-pijos, del Berlín vanguardista, de moda y alternativo, de la impresión que yo misma puedo dar de esta ciudad.
Son las cinco y media de la mañana, vuelves de estar de fiesta en un club, los ojos te pican, apestas a alcohol, estás muerto, te lo has pasado bien. Pasas por Kotti evitando los cuerpos tirados de borrachos y punkis, ves las ratas a la sombra de los kebab, el bus no llega, te entran ganas de comer baklava y de ver a Fátima, la panadera. Berlín puede ser muy fea, gris y sucia. Tanto, que lo mejor que puedes hacer es volver a casa y dormir, mientras el cielo pasa de ser negro a azul...
Komm aus'm Club, war schön gewesen Stinke nach Suff, bin kaputt, ist 'n schönes Leben Steig' über Schnapsleichen, die auf meinem Weg verwesen Ich seh die Ratten sich satt fressen im Schatten der Dönerläden Stapf' durch die Kotze am Kotti, Junks sind benebelt Atzen rotzen in die Gegend, benehmen sich daneben Szeneschnösel auf verzweifelter Suche nach der Szene Gepiercte Mädels die wollen, dass ich Strassenfeger lese
...
Guten Morgen Berlin du kannst so häßlich sein so dreckig und grau Du kannst so schön schrecklich sein deine Nächte fressen mich auf es wird für mich wohl das Beste sein ich geh nach Hause und schlaf mich aus Und während ich durch die Straßen laufe Wird's langsam... Schwarz zu Blau
Una vez, estábamos una amiga holandesa y yo sentadas en la mesa de una cocina de un albergue en Vilnius, Lituania, cuando un chico nos habló raro. Ante nuestra cara de sorpresa, nos preguntó en inglés si éramos israelíes, que él sí. Luego nos aseguró que teníamos toda la pinta de ser israelíes. Pues no. No sé hasta qué punto una morena y una rubia hablando alemán en Lituania pueden pasar por israelíes, la verdad.
Una mañana, mientras dudaba entre si comprar una caja de mandarinas o varias naranjas en una tienda turca de mi barrio, el vendedor (un chico joven y apuesto, si me permitís el comentario) se dirigió a mí hablándome raro. Pensé que no había entendido su alemán, pero cuando le pregunté: "Wie bitte?", se disculpó y me dijo: "Perdón, pensaba que eras turca." Pues no, la verdad es que no.
El dependiente del ultramarinos libanés (que se llama Habibi, como todas las tiendas libanesas de Berlín) me preguntó hace ya tiempo si era iraní. Pues no. Yo sólo estaba comprando azafrán. El dependiente de otro ultramarinos libanés se quedó de una pieza hace una semana cuando le dije "Shukran" -gracias en árabe- después de comprar humus en lata. Me miró fijamente y me preguntó -en alemán-: "¿Eres de aquí?" Yo le dije que no, que era española. Aún hoy me pregunto a qué se refería con "aquí".
Pero he descubierto que yo también hablo raro.
Aproximadamente cada dos semanas algún cliente del bar me pregunta si soy francesa, por mi acento. Pues no. Aunque ahora que lo pienso, hace un par de años, en Francia, una vez que paseaba de la mano con Jalal, me hablaron raro. Resultó que era árabe, y el chico que se había dirigido a mí aseguró que parecía cien por cien tunecina. Pues no.
En la casa donde vivía antes había una adorable familia de montenegrinos. Papá, mamá y cinco niños, con uno más a punto de llegar. Lo de adorable no es ironía, los enanos eran muy divertidos y siempre te daban palique cuando entrabas al patio a dejar la bicicleta. Mi preferida era una niña de unos cinco años, muy flaquita y desgreñada y que siempre llevaba los zapatos de tacón de mamá mientras jugaba. Un día, mientras hablaba con ella, se me quedó mirando muy fijamente con esos ojazos enormes y negros y me preguntó: "Oye, pero tú, ¿por qué hablas tan raro?" Warum redest du so komisch? Me quedé tan sorprendida, que por un momento no supe qué responderle. Luego ya le expliqué que era española y que sólo llevaba poco tiempo en Alemania, pero no parecía muy convencida. Lo que más me llamó la atención del asunto es que sus padres apenas hablaban alemán y más de una vez habían llamado a mi compañero de piso para que les tradujese las cartas que les llegaban.
Qué raro.
En resumidas cuentas: en Berlín soy española si me ven, francesa si me oyen hablar. En mi muy proletario barrio, soy iraní, árabe o turca. Viajando, puedo ser de cualquier parte. Cuando me preguntan si soy "de aquí", no sé qué responder.
Cuánto depende nuestra percepción del resto del mundo de nuestra propia posición en el universo... Qué raro. ¿No?
Mi Berlín es mujer. Mi Berlín huele a kebab y sabe a sushi. Mi Berlín toma café con mucha espuma de leche. Mi Berlín nieva en febrero, florece en abril y llueve en agosto. Mi Berlín piensa en alemán, habla árabe y ruso y sueña en español.
Mi Berlín siempre ha sido mujer.
En otro tiempo se arremangó la camisa, se puso un pañuelo en el pelo y empujó carritos llenos de escombros para volver a hacerse a sí misma.
Ahora Berlín viste con leggings rosas y un jersey amarillo que encontró en el mercadillo de Boxhagener Platz por dos euros (donde, por cierto, también encontró esas tazas de café tan genialmente pasadas de moda). Tiene un tatuaje en el tobillo y está ahorrando para hacerse uno en el hombro.
Berlín vive de alquiler en Friedrichshain, sale por Kreuzberg y los domingos de resaca toma el sol en Mauerpark. A Mitte sólo va a tomarse una cerveza de vez en cuando y siempre a las linke Kneipes donde se proyectan pelis polacas y la Berliner cuesta uno ochenta.
Berlín se mueve con una bici desvencijada y que chirría incluso en enero, recicla y se toma las cervezas de medio litro en medio litro (Pils, immer Pils). Disfruta escuchando minimal electro y tiene tocadiscos en su habitación. Lee el periódico, sólo va a las manifestaciones en las que cree y aborrece Ku'damm, Potsdamer Platz y sus dos rascacielos. En cuanto sale el sol se pone en biquini en el parque de abajo de su casa y organiza barbacoas que empiezan a las cinco de la tarde.
Berlín es bastante desastre, se acuesta cuando ya ha salido el sol y se levanta resacosa los lunes. Los miércoles va a conciertos de jazz. Nació en otro lugar, cuyo nombre dice que no recuerda, pero ya ha encontrado su casa.
Sus amigos dicen que es muy divertida y auténtica. Las malas lenguas aseguran que es esnob y que le gusta hacerse la interesante. Yo creo, si me permitís la paráfrasis, que tiene la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta.
Lo único cierto es que a Berlín le importa un comino lo que piensen de ella.
Que no me apetece acabar las entradas que tengo a medio escribir sobre una infinidad de películas: La Teta Asustada, Coyote, Letters to the President, Khartoum, Beeswax..
Que no quiero trabajar más hasta las cuatro de la mañana ni tener que plancharme las horribles camisas blancas.
Que no. Que no puede ser. Que estamos a finales de marzo y cae aguanieve.
El miércoles pasado fui a un concierto que me encantó. En un pequeño teatrito lleno a reventar, siguiendo por el pasillo al fondo en un bar de copas de Friedrichshain, actuó Dota -alias die Kleingeldprinzessin, la princesa de la calderilla-. Ya había escuchado un disco suyo que me pasó Gaby, pero lo cierto es que en directo gana mucho. Es una cantautora que canta (valga la redundancia) con voz dulce unas letras llenas de ternura y humor.
Es algo difícil encontrar cosas suyas en Internet (aunque podéis escuchar un par de sus canciones en su página web), pero os pongo este vídeo de Youtube que, aunque no tenga imagen, reproduce una de las canciones más bonitas que tiene Die Kleingeldprinzessin.
Y luego que nadie me diga que el alemán es un idioma duro y autoritario.
Und dann in deinem Arm, alles gut, alles andere egal Alles Du, alles Dur, alles nur ein Kitzellachen, fühl' mich wohl Momente wie Geschenke, wie Getränke mit Grenadine und Alkohol.
Und dann in deinem Arm, alles gut, alles andere egal Das Gerede der Welt scheint banal. Hier kann ich sein, was ich bin Frei mit dem Herz in der Hand und drei Worten im Sinn, Und drei Worten im Sinn, und drei Worten in Sinn.
[Y luego, en tus brazos, todo bien, todo lo demás no importa, todo tú, todo en grande, todo es sólo cosquillas, me siento bien. Son momentos como regalos, como bebidas con granadina y alcohol. Y luego, en tus brazos, todo bien, todo lo demás no importa, la palabrería del mundo parece banal. Aquí puedo ser lo que soy, libre, con el corazón en la mano, y tres palabras cobran sentido, tres palabras cobran sentido, tres palabras cobran sentido.*]
*aquí aclaro, para los que no lo hayan pillado, que con tres palabras se refiere a Ich liebe dich, es decir, "te quiero". Ala, a cantar.
Ayer por la tarde cogí el primero de los dos aviones que me llevarían de vuelta a una de mis casas.
De casa en casa... tiro porque me toca.
Por la tarde, en el aeropuerto de Valencia, había pasado por los arcos de seguridad tras el reglamentario striptease (chaqueta, sudadera, botas) en dirección a la puerta de embarque con la sensación de que hacía nada que había cogido un avión en dirección contraria pero en realidad hacía muchísimo que estaba en Valencia: era raro.
Iba pensando en el contenido de mi bolso de mano: cedés -muchos-, madalenas, empanadillas de boniato, rosquilletas saladas, unos leotardos -para ponerme en el avión antes de llegar a la congelada Berlín-, chupa-chups, el iPod, una botella de agua vacía -para rellenar en el baño del aeropuerto una vez pasados los controles-, chicles, un libro -en alemán-, mi documentación, mi cartera, mi agenda, dos bolis, llaves. Trozos de mi vida de aquí y de allí, síntesis de una existencia algo ambulante que, dependiendo de dónde esté, echa de menos los dulces valencianos y la cerveza alemana.
Es raro.
Desde que en el 2005 me fui a vivir varios meses a Grenoble o, mejor dicho, desde que me fui de esa ciudad en mayo de ese año para volver menos de dos meses después, me da la impresión de que voy dejando trocitos de corazón desparramados por el mundo.
Países y ciudades a los que voy volviendo con la sensación de volver a casa. Qué raro es irte de casa para llegar a tu casa.
Una semana en Valencia.
Valencia. Volver a casa, desayunar madalenas y café con leche, pasear por la playa en enero (aunque esta vez haya hecho mucho frío), comer puntillas, tellinas y pescaditos, comer arroces con alcachofas de papá y gazpacho manchego con setas de mamá, dormir la siesta, cenar con amigos a los que conoces desde hace años y con los cuales resulta fácil hacer bromas, que se te pasen las horas sin darte cuenta, ir a un pub y estar en tu salsa porque conoces a mucha gente, o a pesar de conocer a mucha gente. Estar en casa.
Pero ya en el segundo avión, después de oír al piloto anunciando que en 20 minutos aterrizaríamos en Tegel, no pude evitar empezar a mirar por la ventanilla, nerviosa, contenta. Empezamos a sobrevolar Berlín desde el sur, y enseguida divisé el aeropuerto de Tempelhof con su forma cónica. Me hizo ilusión reconocer la ciudad. Vi la torre de televisión, sobresaliendo como siempre con su luz parpadeante, distinguí Karl-Marx Allee y Frankfurter Allee, creí adivinar que esa mancha grande y oscura que veía era Treptower Park, incluso intenté hallar el lugar donde ahora vivo.
Me reconfortó bajar del avión y que todos los carteles estuviesen en alemán. Y al darme cuenta de ello me extrañé.
Abrí alegre la cerradura de mi casa y salió a mi encuentro mi compañero de piso al grito de "¡Pauline!" (Es que me llama Pauline, y ha echado de menos que desayunemos juntos. Si lo pienso un poco, en realidad yo también.)
Más tarde, ya metida en la cama, reflexionaba sobre todo esto.
En lo raro que era haberme despertado en casa para después de cuatro horas de vuelo llegar a casa.
Son las diez de la mañana, miro por la ventana. Está muy oscuro, cae una lluvia espesa. Poco a poco las gotas van tomando color.
Nieva. Nieva de una nieve densa y que contrasta con el amarillo del edificio decimonónico que veo enfrente.
Con una taza de té en una mano y una magdalena en la otra pego la nariz al cristal. ¿Serán mis raíces mediterráneas lo que siempre me hace contemplar la nieve con una ilusión infantil?
Ha llegado el invierno a Berlín. Empieza la temporada de las calles resbaladizas, del anochecer a las cuatro, del vino caliente, de los mercados de Navidad, de las tardes en los museos y en los bares, del blanco uniforme sobre coches y árboles.
Salgo de trabajar. Son las tres y media de la mañana de un miércoles. Enfrente, en la parada de taxis color crema y marca Mercedes, un taxista toca el violín sentado al volante. Le sonrío: lo cierto es que no acierta ni una sola nota, pero qué más da. Es un taxista tocando el violín sentado al volante en medio de la noche berlinesa: se merece más que una sonrisa.
Una densa bruma cubre Berlín. Cae una lluvia tan fina que no hace falta ponerse la capucha. Algo irreal flota en el ambiente. Miro hacia arriba, esperando encontrar la familiar silueta de la torre de televisión, pero apenas se adivina la base, de tan bajas que están las nubes. Qué bonito, pienso, el cielo tiene tonos morados. ¿Morados? Vuelvo a levantar la vista. Sí, el cielo es morado. Qué raro, pero qué bonito.
Me pongo los guantes, me arremango la pernera derecha del pantalón, me meto la bufanda por dentro del abrigo y echo a pedalear.
Salgo de Hackescher Markt, paso por debajo de las vías del tren, paso frente al Bang Bang Club, atravieso el parquecito de Monbijou y entro en la isla de los museos. La catedral, esta noche, también es morada.
¿Morada? Vuelvo a levantar la vista: qué pena, la causa de que esta noche berlinesa sea una noche malva tiene un origen muy poco romántico: el hotel que está frente a la catedral, y que hasta ese momento me había pasado siempre desapercibido, tiene unas enormes luces de neón violáceo que esta noche, por la bruma, se reflejan de forma especial. No pasa nada. Sigue siendo un cielo precioso.
Pedaleando, tomo la avenida Unter den Linden. Sigue sin haber ni un alma, ni un coche, nada. Sólo bruma, jirones de nubes. Paro la bici: me pongo los auriculares, conecto el iPod. Parece que soy el único ser que circula esta noche, así que puedo ponerme a escuchar música sin peligro de ser atropellada a causa de mi perenne empanamiento.
Vuelvo a pedalear, tranquila, sin prisas, notando la humedad en la cara.
Suelto una mano del manillar. Vaya, suelto la otra mano y no pasa nada. Es la primera vez que voy sin manos en la bici, qué ilusión. Varias decenas de metros más tarde vuelvo a coger el manillar, pero ya está: sé ir en bici sin manos. Qué ilusión, de verdad.
La única canción de Los Planetas que puedo escuchar sin que me dé un ataque de histeria suena en mis oídos: "No voy a decir que cuidaré de ti/ Ni siquiera sé cuidar de mí/ Es posible que sea yo/ Quien necesita que lo salven." Suspiro, canto.
De repente, suena una canción que me había descargado hace tiempo pero que todavía no había escuchado:
No me lo puedo creer. Me pongo a reír yo sola. Yo sola, riéndome a carcajada limpia.
La gallineta ha dit que prou ja no vull pondre cap més ou a fer punyetes aquest jou que fa tants anys que m'esclavitza.
I si em venen ganes de fer-ne em faré venir un restrenyiment, no tindrà coa més ou calent el que de mi se n'aprofita
La gallina ha dit que no, Visca la revolució!
La gallina ya no quiere poner huevos en este sistema que la esclaviza y se une a la revolución. Son las cuatro de la mañana en Berlín, hay una bruma morada y húmeda flotando en el ambiente, voy en bici, sin manos, y la gallina no quiere poner ni un solo huevo más. Y me encanta.
Las fiestas de música balcánica son de lo más divertido que tiene Berlín. No paras de bailar, hay un buen ambiente impresionante, la música es genial... y provoca adicción. Como le ha pasado a mi amiga Gaby (ah, meine kleine liebe Gaby...), que adora estas fiestas. Así que le dedico esta entrada a ella, que dentro de nada se me va de Berlín (aunque espero que por poco tiempo), por las veces que hemos bailado, cantado a voz en grito y saltado con la canción cuyo vídeo os pongo a continuación.
Por cierto, que el cantante es berlinés. Que ustedes lo disfruten. A bailar.
El río Spree, el que cruza Berlín, conoce su momento de gloria. Bares con hamacas, arena traída del desierto, sombrillas a rayas y clientes tomando caipirinhas. Barcos varados, desiertos en invierno y que durante los tres meses de calor tienen la cubierta repleta de gente charlando y disfrutando de la puesta de sol urbana, con torre de televisión y ayuntamiento rojo de fondo.
Piscinas en medio del río. Decenas de berlineses (de nacimiento o de corazón) se remojan, se dejan ver y son vistos.
Excursiones a los lagos que rodean Berlín, tras tomar el S-Bahn a reventar de familias y parejas con el bañador puesto y la neverita portátil llena de cerveza. Bañarse en agua dulce, paisaje boscoso a la vista.
Barbacoas en los parques públicos los domingos, familias turcas de veinte miembros asando un cordero entero, rubias haciendo top-less, adolescentes que plantan una red de voléibol, estudiantes con sándwiches y cajas de doce cervezas.
Paseos en bicicleta. Disfrutar de la ciudad.
Turistas perdidos mirando el mapa y cámara de fotos colgando del cuello, mujeres, hombres y niños haciendo cola para comprar un helado italiano casero en la esquina de mi casa.
Hace ya bastantes días que fue lo del discurso de Barack Obama en Berlín, y parece que ahora tiene menos gracia publicar esta entrada, pero no había tenido tiempo de acabarla hasta ahora.
Junto con Gaby (compañera infatigable de experiencias sociológicas berlinesas) y unos couchsurfitos españoles muy majos me dirigí a la avenida del 17 de junio, donde tenía lugar el discurso.
Justamente, la discusión de dónde iba a tener lugar el primer discurso de Barack Obama en Europa fue un tema muy polémico durante toda una semana. Obama y su equipo quería que fuese en la Puerta de Brandenburgo, el ministro de Exteriores y el alcalde de Berlín estaban de acuerdo, pero Merkel y el partido conservador se resistían a dejar un sitio tan simbólico para la historia de Berlín a alguien que todavía no era presidente, a riesgo de enfadar a Bush y compañía. Durante varios días hubo un tira y afloja que la prensa berlinesa seguía con atención (acompañándola de múltiples artículos y opiniones de expertos). Al final se eligió la Siegessäule (la columna de la Victoria), en medio de la avenida del 17 de junio y a relativa poca distancia de la Puerta de Brandenburgo, decisión no exenta ella también de polémica, pero que no cuento porque si no, aburro.
Pues allí dirigimos nuestros pasos un par de horas antes que empezara el discurso, junto con miles de personas (muchos turistas también se apuntaron al evento). Como estamos en Alemania, el ayuntamiento había previsto grandes pantallas, potentes altavoces e innumerables casetas de salchichas y cervezas para que todo el mundo pudiese seguir el discurso en la más grande comodidad.
Al ver la gran cantidad de gente que había, renunciamos a intentar estar lo más cerca posible del señor Obama, y nos plantamos delante de una super pantalla para no perder detalle. Sabia decisión, pues conforme se acercaban las siete de la tarde, aquello se iba llenando cada vez más. Por cierto, que no sé si es lo normal, porque es el primer mitin político al que asisto, pero para amenizar la espera, hubo dos mini-conciertos: de Patrice, que me gusta mucho, y de un ami (como les llaman aquí a los estadounidenses) que pasó sin pena ni gloria.
Por fin, con unos 15 minutos de retraso, apareció Obama ante la multitud. Todo el mundo se puso a aplaudir un montón (yo incluida, para qué nos vamos a engañar), y todo el mundo sonrió ante la cara sonriente del senador. [Pequeño comentario aparte sin valor histórico: hay que ver lo atractivo que es ese hombre, la verdad.]
Así, a las siete y veinte de la tarde de un achicharrante 24 de julio, Obama empezó a hablar: "Thank you".
Y de nuevo, para hacer callar a la gente: "Thank you, thank you." Y como la gente no se callaba: "Thank you". Y tres segundos más tarde: "Thank you". Y al decimocuarto "Thank you" la gente empezó a partirse de risa (por lo menos donde yo estaba, a unas veinticinco mil personas de distancia de Obama). Cuando la gente se calló y Obama pudo empezar su discurso, lo primero que hizo fue dar las gracias a Merkel, a Steinmeier (el ministro de Asuntos Extranjeros) y a Wowereit (el alcalde de Berlín) por la acogida. Resultado: nueva carcajada general por cómo pronunció los nombres. Vamos, que no sabíamos si el discurso iba a estar bien, pero desde luego prometía ser divertido.
Testigos de un momento ¿histórico?
De todas formas, no voy a ponerme aquí a hacer un análisis del discurso. Obama habló de la historia de Berlín, del puente aéreo de 1948 (principio de la amistad germano-estadounidense) y del muro que separó la ciudad, e insistió en que la mejor aliada de Estados Unidos era Europa, y que había que acabar con la imagen negativa que tenía su país en el mundo siguiendo una política exterior basada en la diplomacia y no en la guerra.
Hubo aplausos cuando habló de la Guerra Fría, un silencio bastante gélido cuando pidió la colaboración de Europa para pacificar Irak y de nuevo aplausos cuando habló de luchar contra el calentamiento global.
Muy sensato me pareció el que un candidato a la presidencia de Estados Unidos dijese que la única forma de arreglar el mundo (el caótico mundo en el que vivimos, añadiría yo) es a través de programas como el Plan Marshall, que consiguió levantar Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Evidentemente, Estados Unidos lanzó ese programa porque a ellos también les beneficiaba, y mucho, pero no deja de ser una política exterior mucho más inteligente que la que se está llevando estos últimos años a cabo.
Uno de los chicos que vino conmigo al discurso se quedó muy decepcionado, decía que había sido un discurso muy conservador y que no suponía ningún cambio. Sin embargo, yo no estoy de acuerdo con eso. Que Obama dijese que cristianos, musulmanes y judíos debían luchar juntos para lograr vencer una pequeña minoría que siembra el terror en el mundo entero me parece que denota, cuanto menos, una voluntad de cambio. Además, fue un discurso dirigido claramente a la opinión pública estadounidense, como era natural.
Pues ése es mi pequeño análisis. Espero que os haya gustado. Si os interesa: aquí podéis leer el discurso (en inglés), aquí tenéis fotos y un artículo de Der Spiegel (en alemán, claro), y aquí tenéis uno de El País sobre más de lo mismo.
El martes pasado por la noche iba yo en el metro (volvía de una cena de despedida, fenómeno que empieza a ser casi cotidiano, para gran disgusto de servidora) cuando, al llegar a la estación de Heidelberger Platz, el metro siguió de largo sin pararse. Me sorprendió mucho, porque no parecía que la estación estuviese cerrada por obras ni nada. Al bajarme en Wedding -mi estación- me fijé en el panel electrónico donde pone cuántos minutos va a tardar en llegar el siguiente metro, etcétera, y para mi gran sorpresa, leí: "Atención: estación de Heidelberger Platz cerrada por encuentro de bomba".
Claro, es lo que suele pasar todos los días: encontrarse una bomba. Yo no salía de mi asombro.
Al día siguiente leí en el periódico los detalles: la bomba en cuestión era, evidentemente, de la Segunda Guerra Mundial, permanecía sin explotar, pesaba 500 kilos, fue descubierta mientras arreglaban una calle, hizo que evacuaran a 12.000 personas durante 24 horas, que se cerrasen cuatro estaciones de metro (en Alemania todo se hace a lo grande) y tardó 17 horas en ser desactivada.
Aquí os dejo una foto de la criatura:
Lo más curioso de todo es que a nadie le interesó lo más mínimo la noticia. Se ve que en Berlín están más que acostumbrados a que se encuentren bombas de la guerra que jamás explotaron cuando arreglan calles o construyen nuevos edificios. Y sin embargo, a mí me llamó muchísimo la atención. Tanto, que ahora estoy escribiendo esta entrada.
Para aquel que quiera practicar su alemán, pinchando aquí, aquí y aquí leerá los artículos del Tagesspiegel que salieron sobre la bomba en cuestión.
Como apunte final, os cuento que esta es mi primera semana sin universidad (pero no sin trabajos que hacer para la facultad), y que por eso he ido corta de tiempo para escribir impresiones berlinesas. Tengo un montón de entradas en borrador que nunca tengo tiempo de acabar. Espero hacerlo pronto.
(Por cierto, que en Berlín se reunieron más de medio millón de personas alrededor de la puerta de Brandenburgo para seguir el partido)
Harta del bombardeo constante de noticias relacionadas con el fútbol, harta de no poder seguir las conversaciones de la gente por no haber visto ningún partido, harta de no poder encontrar ni un solo bar (¡ni uno!) que durante los partidos no tuviese la tele encendida, harta de que me feliciten cada vez que gane España, harta de decir que yo quería que ganase Croacia o Turquía (porque sí), harta de los hooligans alemanes que berrean en el metro... No pienso hablar de la Eurocopa (menos mal que ya se ha acabado).
Lo que sí quería contaros es un curioso fenómeno banderil que ha invadido Berlín durante este último mes. Había banderas por todas partes, colgadas de todas las ventanas y enganchadas a las ventanillas del coche. Grandes y pequeñas, pero sobre todo grandes. Al menos dos o tres banderas por edificio, a veces más. En mi calle se juntaban banderas turcas, polacas, griegas, italianas, suecas, portuguesas, españolas (bueno, había una) y también (aunque no eran la mayoría) alemanas.
Observar el crecimiento y desarrollo de las banderas ha sido la investigación sociológica del mes, que diría mi amiga Gaby. Me sorprendió descubrir que había más alemanes en mi barrio de lo que pensaba (el 60% de los que vivimos en Wedding somos extranjeros). Me sorprendió que en la tienda turca donde compro todas las semanas verdura ondeara una bandera alemana gigante. Me sorprendió que hubiese tantos polacos viviendo en mi calle. Me sorprendió y me hizo mucha gracia la cantidad de ventanas que combinaban varias banderas: aquí Portugal y Polonia, allí Alemania e Italia... aunque la combinación más vista, sin duda era Turquía y Alemania.
Y lo mejor, lo más digno de recuerdo, ha sido la proliferación de esta bandera:
Pues sí, señores. La bandera turca dentro de la alemana. Y no lo vi una vez, ni dos, ni tres. Turcos que se sienten alemanes, alemanes que no olvidan sus raíces turcas... A mí, personalmente, me encanta que la gente haga su propia bandera para pasearla por la ciudad. Sin duda, esta bandera es lo que más me ha gustado de la Eurocopa.
Estos últimos diez días he tenido visita. De Jalal no pongo ninguna foto que le da vergüenza, pero aquí tenéis a las hermanas en diferentes atracciones turísticas de la ciudad. Me lo he pasado tan bien con ellos que ahora me he quedado un poquito sola en Berlín. En fin.