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lunes, 1 de septiembre de 2008

Intermedio

Estoy en la terra de la llum i les flors.
Pero vuelvo pronto, ¡no os preocupéis!

jueves, 14 de agosto de 2008

Una querencia


Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.

¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.

Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.




Miguel Hernández

lunes, 11 de agosto de 2008

Berlín en verano

Berlín en verano.

El río Spree, el que cruza Berlín, conoce su momento de gloria. Bares con hamacas, arena traída del desierto, sombrillas a rayas y clientes tomando caipirinhas. Barcos varados, desiertos en invierno y que durante los tres meses de calor tienen la cubierta repleta de gente charlando y disfrutando de la puesta de sol urbana, con torre de televisión y ayuntamiento rojo de fondo.





Piscinas en medio del río. Decenas de berlineses (de nacimiento o de corazón) se remojan, se dejan ver y son vistos.




Excursiones a los lagos que rodean Berlín, tras tomar el S-Bahn a reventar de familias y parejas con el bañador puesto y la neverita portátil llena de cerveza. Bañarse en agua dulce, paisaje boscoso a la vista.




Barbacoas en los parques públicos los domingos, familias turcas de veinte miembros asando un cordero entero, rubias haciendo top-less, adolescentes que plantan una red de voléibol, estudiantes con sándwiches y cajas de doce cervezas.


Paseos en bicicleta. Disfrutar de la ciudad.



Turistas perdidos mirando el mapa y cámara de fotos colgando del cuello, mujeres, hombres y niños haciendo cola para comprar un helado italiano casero en la esquina de mi casa.


Así es el verano en Berlín.

lunes, 4 de agosto de 2008

People of the world, look at Berlin!



Hace ya bastantes días que fue lo del discurso de Barack Obama en Berlín, y parece que ahora tiene menos gracia publicar esta entrada, pero no había tenido tiempo de acabarla hasta ahora.

Junto con Gaby (compañera infatigable de experiencias sociológicas berlinesas) y unos couchsurfitos españoles muy majos me dirigí a la avenida del 17 de junio, donde tenía lugar el discurso.

Justamente, la discusión de dónde iba a tener lugar el primer discurso de Barack Obama en Europa fue un tema muy polémico durante toda una semana. Obama y su equipo quería que fuese en la Puerta de Brandenburgo, el ministro de Exteriores y el alcalde de Berlín estaban de acuerdo, pero Merkel y el partido conservador se resistían a dejar un sitio tan simbólico para la historia de Berlín a alguien que todavía no era presidente, a riesgo de enfadar a Bush y compañía. Durante varios días hubo un tira y afloja que la prensa berlinesa seguía con atención (acompañándola de múltiples artículos y opiniones de expertos). Al final se eligió la Siegessäule (la columna de la Victoria), en medio de la avenida del 17 de junio y a relativa poca distancia de la Puerta de Brandenburgo, decisión no exenta ella también de polémica, pero que no cuento porque si no, aburro.

Pues allí dirigimos nuestros pasos un par de horas antes que empezara el discurso, junto con miles de personas (muchos turistas también se apuntaron al evento). Como estamos en Alemania, el ayuntamiento había previsto grandes pantallas, potentes altavoces e innumerables casetas de salchichas y cervezas para que todo el mundo pudiese seguir el discurso en la más grande comodidad.



Al ver la gran cantidad de gente que había, renunciamos a intentar estar lo más cerca posible del señor Obama, y nos plantamos delante de una super pantalla para no perder detalle. Sabia decisión, pues conforme se acercaban las siete de la tarde, aquello se iba llenando cada vez más. Por cierto, que no sé si es lo normal, porque es el primer mitin político al que asisto, pero para amenizar la espera, hubo dos mini-conciertos: de Patrice, que me gusta mucho, y de un ami (como les llaman aquí a los estadounidenses) que pasó sin pena ni gloria.

Por fin, con unos 15 minutos de retraso, apareció Obama ante la multitud. Todo el mundo se puso a aplaudir un montón (yo incluida, para qué nos vamos a engañar), y todo el mundo sonrió ante la cara sonriente del senador. [Pequeño comentario aparte sin valor histórico: hay que ver lo atractivo que es ese hombre, la verdad.]

Así, a las siete y veinte de la tarde de un achicharrante 24 de julio, Obama empezó a hablar: "Thank you".

Y de nuevo, para hacer callar a la gente: "Thank you, thank you." Y como la gente no se callaba: "Thank you". Y tres segundos más tarde: "Thank you". Y al decimocuarto "Thank you" la gente empezó a partirse de risa (por lo menos donde yo estaba, a unas veinticinco mil personas de distancia de Obama). Cuando la gente se calló y Obama pudo empezar su discurso, lo primero que hizo fue dar las gracias a Merkel, a Steinmeier (el ministro de Asuntos Extranjeros) y a Wowereit (el alcalde de Berlín) por la acogida. Resultado: nueva carcajada general por cómo pronunció los nombres. Vamos, que no sabíamos si el discurso iba a estar bien, pero desde luego prometía ser divertido.


Testigos de un momento ¿histórico?


De todas formas, no voy a ponerme aquí a hacer un análisis del discurso. Obama habló de la historia de Berlín, del puente aéreo de 1948 (principio de la amistad germano-estadounidense) y del muro que separó la ciudad, e insistió en que la mejor aliada de Estados Unidos era Europa, y que había que acabar con la imagen negativa que tenía su país en el mundo siguiendo una política exterior basada en la diplomacia y no en la guerra.

Hubo aplausos cuando habló de la Guerra Fría, un silencio bastante gélido cuando pidió la colaboración de Europa para pacificar Irak y de nuevo aplausos cuando habló de luchar contra el calentamiento global.

Muy sensato me pareció el que un candidato a la presidencia de Estados Unidos dijese que la única forma de arreglar el mundo (el caótico mundo en el que vivimos, añadiría yo) es a través de programas como el Plan Marshall, que consiguió levantar Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Evidentemente, Estados Unidos lanzó ese programa porque a ellos también les beneficiaba, y mucho, pero no deja de ser una política exterior mucho más inteligente que la que se está llevando estos últimos años a cabo.

Uno de los chicos que vino conmigo al discurso se quedó muy decepcionado, decía que había sido un discurso muy conservador y que no suponía ningún cambio. Sin embargo, yo no estoy de acuerdo con eso. Que Obama dijese que cristianos, musulmanes y judíos debían luchar juntos para lograr vencer una pequeña minoría que siembra el terror en el mundo entero me parece que denota, cuanto menos, una voluntad de cambio. Además, fue un discurso dirigido claramente a la opinión pública estadounidense, como era natural.

Pues ése es mi pequeño análisis. Espero que os haya gustado. Si os interesa: aquí podéis leer el discurso (en inglés), aquí tenéis fotos y un artículo de Der Spiegel (en alemán, claro), y aquí tenéis uno de El País sobre más de lo mismo.

sábado, 26 de julio de 2008

Derritiéndose en Berlín...


Estoy escribiendo una entrada para contaros qué tal fue el discurso de Obama en Berlín (sí, yo fui una de las 200.000 personas que asistieron), pero como me está costando un poquitín de tiempo (elemento que falta en mi vida), os intento dar un poco de envidia. ¡Besos!

lunes, 21 de julio de 2008

Una bomba en el jardín

El martes pasado por la noche iba yo en el metro (volvía de una cena de despedida, fenómeno que empieza a ser casi cotidiano, para gran disgusto de servidora) cuando, al llegar a la estación de Heidelberger Platz, el metro siguió de largo sin pararse. Me sorprendió mucho, porque no parecía que la estación estuviese cerrada por obras ni nada. Al bajarme en Wedding -mi estación- me fijé en el panel electrónico donde pone cuántos minutos va a tardar en llegar el siguiente metro, etcétera, y para mi gran sorpresa, leí: "Atención: estación de Heidelberger Platz cerrada por encuentro de bomba".

Claro, es lo que suele pasar todos los días: encontrarse una bomba.
Yo no salía de mi asombro.


Al día siguiente leí en el periódico los detalles: la bomba en cuestión era, evidentemente, de la Segunda Guerra Mundial, permanecía sin explotar, pesaba 500 kilos, fue descubierta mientras arreglaban una calle, hizo que evacuaran a 12.000 personas durante 24 horas, que se cerrasen cuatro estaciones de metro (en Alemania todo se hace a lo grande) y tardó 17 horas en ser desactivada.

Aquí os dejo una foto de la criatura:


Lo más curioso de todo es que a nadie le interesó lo más mínimo la noticia. Se ve que en Berlín están más que acostumbrados a que se encuentren bombas de la guerra que jamás explotaron cuando arreglan calles o construyen nuevos edificios. Y sin embargo, a mí me llamó muchísimo la atención. Tanto, que ahora estoy escribiendo esta entrada.

Para aquel que quiera practicar su alemán, pinchando aquí, aquí y aquí leerá los artículos del Tagesspiegel que salieron sobre la bomba en cuestión.


Como apunte final, os cuento que esta es mi primera semana sin universidad (pero no sin trabajos que hacer para la facultad), y que por eso he ido corta de tiempo para escribir impresiones berlinesas. Tengo un montón de entradas en borrador que nunca tengo tiempo de acabar. Espero hacerlo pronto.

jueves, 10 de julio de 2008

Cosas que ocurren en un bar de tapas de Berlín

No he contado todavía en estas impresiones que la semana pasada empecé a trabajar de camarera en un bar de tapas del centro de Berlín. Dejando los detalles a un lado, quería compartir con vosotros algunas pocas observaciones (todas de gran valor sociológico) que he ido realizando. Resulta increíble la de anécdotas que se juntan en un par de días cuando estás tantas horas detrás de una barra.




Para empezar, y como introducción, os hablaré de los dos tipos de clientes principales del bar-restaurante. Se dividen en dos categorías:

A, los españoles que han venido a pasar tres o cuatro días a Berlín y ya echan de menos unas patatitas bravas y que les hablen en cristiano. Normalmente exclaman al ver la carta: "¡Qué bien, tienen San Miguel!" A mí se me queda siempre cara de panoli. Tendré que empezar a practicar la cara de póquer.
Lo cierto es que los españoles son divertidos y dan pie a una multitud de anécdotas. Como la de ayer. Familia típica: papá, mamá, hijo, hija. Se sientan todos en la barra (es decir, que les tenía enfrente) y la señora me da conversación. Lo típico: que cuántos años tienes, que qué estudias, etc. Tras veinte minutos así, me dice: "¿Y dónde has aprendido español? Porque hay que ver lo bien que hablas". No supe reaccionar a tiempo y me quedé con cara de qué-me-estás-contando.
Ahora bien, la situación típica es la de la pareja jovencita de Madrid que tras gastarse 40 euros en cenar dejan 30 céntimos de propina (ni uno más, ni uno menos).


El tipo de cliente B son los alemanes que veranean en España y, ya que salen a cenar, practican un poco su español (he notado que les cuesta decir "empanadilla") y además alardean de sus conocimientos gastronómicos (sobre cuando son hombres acompañados por una mujer): "¿Pero el alioli es casero? ¿No tenéis bacalao en tomate? ¿Hacen la paella al momento?" Pero no os equivoquéis, me resultan muy simpáticos. Y esos al menos dejan buenas propinas.

Ahora en verano también existe un caso C de cliente: los ingleses/estadounidenses (para el caso, da igual) que beben cantidades ingentes de vino y por supuesto, te hablan directamente en su idioma para que les entiendas. He de decir que hay excepción a la regla: ayer un señor muy amable de Texas quería practicar su español y me gritó a pleno pulmón desde la otra punta del bar: "¡Tráigame una de manchego!"

Pero lo de ser camarera tiene su intríngulis, no os vayáis a pensar. Por ejemplo, he desarrollado una técnica insuperable para escaquearme de las preguntas tipo: "¿Y qué vino me recomiendas?" incluso antes de haber sido formuladas. El truco es abrirles la carta de vinos y decir: "Les dejo que elijan entre nuestra amplia oferta" y salir corriendo. Por ahora ha funcionado.

También hay clientes que te hacen vivir momentos surrealistas como la señora alemana vegetariana que, después de poner cara de asco delante de todas las tapas porque casi todas son de pescado, de decirme que tampoco come champiñones ni queso de cabra, que no le gustan las alcaparras ni los pimientos con queso, decide meterse entre pecho y espalda una ensalada de patatas, aceitunas... y beicon, porque "Total, da igual".

Y el momento impagable del día es salir de trabajar a las cuatro y media de la mañana y que sea totalmente de día. Viva el verano berlinés.

martes, 8 de julio de 2008

jueves, 3 de julio de 2008

El olor del café tostado

Desde que Proust y su madalena (o magdalena) se hicieran tan famosos, hablar de cómo un olor te puede traer vívidos recuerdos que permanecían algo adormilados en algún rincón de nuestra memoria resulta un manido tema. Sin embargo, no puedo renunciar a escribir unas líneas sobre el olor del café tostado.





Ayer por la tarde bajaba yo del metro en Hackescher Markt, con un calor abrasador más que inusual para esta ciudad, intentando coger el aire que me había faltado en el vagón del metro, cuando de repente olí a café. Pero no a café recién hecho, ni a café moliéndose. No, a café tostándose. Es un olor muy dulzón, casi desagradable, que te envuelve y te pringa y no te deja.

Me paré, olfateé en el aire, hinché mis pulmones de ese olor. Y de repente, como un clic, me vi perfectamente bajando de la estación de tren de Castellón, cogiendo el bus y tomando el camino a la universidad. Al lado de la estación hay (supongo que sigue habiendo) una fábrica de café y, muy a menudo, ese olor flotaba, pesado, en el ambiente. Cuando empecé mis viajes diarios a la Plana Alta, ese olor era algo que me molestaba, que me empalagaba. Luego me acostumbré y al final era parte de mi pequeña rutina diaria, como lo era comprarme golosinas cada vez que perdía el tren de vuelta a casa por segundos.

La estación de tren de Castellón no es el lugar más romántico del mundo, ni el olor me trajo recuerdos especialmente agradables (pues acabé harta de ir todos los días a esa ciudad tan fea), pero qué sensación tan extraña es tener la impresión de volver a estar allí. En medio de Hackescher Markt, en una de las zonas más turísticas de Berlín, con los rayos de sol cayendo en vertical, volví unos cuantos años atrás.



lunes, 30 de junio de 2008

De banderas y fútbol

No, no pienso hablar de la Eurocopa.


(Por cierto, que en Berlín se reunieron
más de medio millón de personas
alrededor de la puerta de Brandenburgo
para seguir el partido)


Harta del bombardeo constante de noticias relacionadas con el fútbol, harta de no poder seguir las conversaciones de la gente por no haber visto ningún partido, harta de no poder encontrar ni un solo bar (¡ni uno!) que durante los partidos no tuviese la tele encendida, harta de que me feliciten cada vez que gane España, harta de decir que yo quería que ganase Croacia o Turquía (porque sí), harta de los hooligans alemanes que berrean en el metro... No pienso hablar de la Eurocopa (menos mal que ya se ha acabado).


Lo que sí quería contaros es un curioso fenómeno banderil que ha invadido Berlín durante este último mes. Había banderas por todas partes, colgadas de todas las ventanas y enganchadas a las ventanillas del coche. Grandes y pequeñas, pero sobre todo grandes. Al menos dos o tres banderas por edificio, a veces más. En mi calle se juntaban banderas turcas, polacas, griegas, italianas, suecas, portuguesas, españolas (bueno, había una) y también (aunque no eran la mayoría) alemanas.

Observar el crecimiento y desarrollo de las banderas ha sido la investigación sociológica del mes, que diría mi amiga Gaby. Me sorprendió descubrir que había más alemanes en mi barrio de lo que pensaba (el 60% de los que vivimos en Wedding somos extranjeros). Me sorprendió que en la tienda turca donde compro todas las semanas verdura ondeara una bandera alemana gigante. Me sorprendió que hubiese tantos polacos viviendo en mi calle. Me sorprendió y me hizo mucha gracia la cantidad de ventanas que combinaban varias banderas: aquí Portugal y Polonia, allí Alemania e Italia... aunque la combinación más vista, sin duda era Turquía y Alemania.


Y lo mejor, lo más digno de recuerdo, ha sido la proliferación de esta bandera:


Pues sí, señores. La bandera turca dentro de la alemana. Y no lo vi una vez, ni dos, ni tres. Turcos que se sienten alemanes, alemanes que no olvidan sus raíces turcas... A mí, personalmente, me encanta que la gente haga su propia bandera para pasearla por la ciudad. Sin duda, esta bandera es lo que más me ha gustado de la Eurocopa.