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domingo, 11 de octubre de 2009

Girando la página


Cuando emprendí el largo viaje hacia Itaca, nada sabía yo de adónde me llevaría. Hoy en día sigo sin saberlo exactamente, pero lo que sí sé es que mi etapa en Berlín ha acabado, y por tanto las impresiones berlinesas dejarán de existir.

Algo que empezó como una forma de tener al tanto de lo que iba viviendo a la gente de mi alrededor se convirtió en algo que ha ido más allá. No sabría calificar ese "algo": ¿quizá una ventana entre mi mundo y el exterior, un termómetro de mis vivencias berlinesas, una forma diferente de compartir mis inquietudes con la gente que me rodea y la que no?

En todo caso, pienso que voy a seguir con esta especie de adicción que es el blog, aunque bajo un nuevo nombre. A ver qué pasa. Nos vemos allí.

viernes, 7 de noviembre de 2008

De la bruma, la noche y la gallina

Ayer.



Salgo de trabajar. Son las tres y media de la mañana de un miércoles. Enfrente, en la parada de taxis color crema y marca Mercedes, un taxista toca el violín sentado al volante. Le sonrío: lo cierto es que no acierta ni una sola nota, pero qué más da. Es un taxista tocando el violín sentado al volante en medio de la noche berlinesa: se merece más que una sonrisa.


Una densa bruma cubre Berlín. Cae una lluvia tan fina que no hace falta ponerse la capucha. Algo irreal flota en el ambiente. Miro hacia arriba, esperando encontrar la familiar silueta de la torre de televisión, pero apenas se adivina la base, de tan bajas que están las nubes. Qué bonito, pienso, el cielo tiene tonos morados. ¿Morados? Vuelvo a levantar la vista. Sí, el cielo es morado. Qué raro, pero qué bonito.


Me pongo los guantes, me arremango la pernera derecha del pantalón, me meto la bufanda por dentro del abrigo y echo a pedalear.


Salgo de Hackescher Markt, paso por debajo de las vías del tren, paso frente al Bang Bang Club, atravieso el parquecito de Monbijou y entro en la isla de los museos. La catedral, esta noche, también es morada.




¿Morada? Vuelvo a levantar la vista: qué pena, la causa de que esta noche berlinesa sea una noche malva tiene un origen muy poco romántico: el hotel que está frente a la catedral, y que hasta ese momento me había pasado siempre desapercibido, tiene unas enormes luces de neón violáceo que esta noche, por la bruma, se reflejan de forma especial. No pasa nada. Sigue siendo un cielo precioso.

Pedaleando, tomo la avenida Unter den Linden. Sigue sin haber ni un alma, ni un coche, nada. Sólo bruma, jirones de nubes. Paro la bici: me pongo los auriculares, conecto el iPod. Parece que soy el único ser que circula esta noche, así que puedo ponerme a escuchar música sin peligro de ser atropellada a causa de mi perenne empanamiento.

Vuelvo a pedalear, tranquila, sin prisas, notando la humedad en la cara.

Suelto una mano del manillar. Vaya, suelto la otra mano y no pasa nada. Es la primera vez que voy sin manos en la bici, qué ilusión. Varias decenas de metros más tarde vuelvo a coger el manillar, pero ya está: sé ir en bici sin manos. Qué ilusión, de verdad.

La única canción de Los Planetas que puedo escuchar sin que me dé un ataque de histeria suena en mis oídos: "No voy a decir que cuidaré de ti/ Ni siquiera sé cuidar de mí/ Es posible que sea yo/ Quien necesita que lo salven." Suspiro, canto.

De repente, suena una canción que me había descargado hace tiempo pero que todavía no había escuchado:




No me lo puedo creer.
Me pongo a reír yo sola. Yo sola, riéndome a carcajada limpia.

La gallineta ha dit que prou
ja no vull pondre cap més ou
a fer punyetes aquest jou
que fa tants anys que m'esclavitza.

I si em venen ganes de fer-ne
em faré venir un restrenyiment,
no tindrà coa més ou calent
el que de mi se n'aprofita

La gallina ha dit que no,
Visca la revolució!

La gallina ya no quiere poner huevos en este sistema que la esclaviza y se une a la revolución. Son las cuatro de la mañana en Berlín, hay una bruma morada y húmeda flotando en el ambiente, voy en bici, sin manos, y la gallina no quiere poner ni un solo huevo más. Y me encanta.


sábado, 27 de septiembre de 2008

jueves, 8 de noviembre de 2007

La mujer del tiempo

Desde que llegué a Berlín, la mayor parte de los que me escriben un mail me preguntan siempre qué tiempo hace aquí.
En Valencia, cuando le decía a la gente que iba a vivir un año en Berlín, lo primero que me decía la gran mayoría, antes de comentarme lo bien que me lo iba a pasar -eso iba luego-, era: "¡Qué frío vas a pasar!"

No me malinterpretéis, ni me molestaban esos comentarios entonces ni ahora me importa que me pregunten qué tal tiempo hace aquí, ni mucho menos. No creo para nada que lo pregunten simplemente por educación (como cuando te encuentras a alguien en el ascensor y la única cosa que se te ocurre es, en un momento de brillante originalidad, hablar del tiempo).

Creo simplemente que muchos llevan dentro un pequeño hombre del tiempo (o una mujer del tiempo, claro).
Y para satisfacer la curiosidad de esos pequeños meteorólogos, inauguro una nueva sección de este blog, "Temperaturas", en la que iré dando cuenta de las variaciones térmicas de esta ciudad.
Aquí tenéis la previsión para los próximos tres días:




En realidad, pinta peor de lo que es. Con un gorro y unos guantes, se puede ir por la calle sin que a nadie le dé un yuyu. (Según me han dicho mis compañeros de piso, el yuyu me dará en enero, cuando haga -20 ºC.)

Me despido ya. Besos desde la fría Berlín.

[P.d.: Esta entrada va dedicada especialmente a aquellos a quienes el tiempo les preocupa de forma especial: Desmond y Belén. Va por ustedes.]

miércoles, 24 de octubre de 2007

Impresiones otoñales

Sí, empiezo un blog. Por modestia, diré que varias personas me lo han sugerido y que no sé qué saldrá de este proyecto que, con mucha originalidad, se llama Impresiones Berlinesas. Pero espero que al menos sirva para que sigáis, si os apetece, mis andaduras por estos mundos, y para que compartáis todas las cosas que pienso vivir durante este año.

¿Y qué mejor manera de empezar este blog que hablar sobre el maravilloso otoño berlinés? Llevo mucho tiempo sin dar noticias porque me había perdido entre tilos y castaños de colores rojo, amarillo y naranja -y de todos los matices que os podáis imaginar.
Uy, qué cursi me estoy poniendo.
Como se suele decir, una imagen vale más de mil palabras, así que ahí va un par de miles de palabras. (Escritas por mí.)


Esto es Potsdam.
O, mejor dicho, el parque Sanssouci.







(Aquí estaba la residencia del emperador alemán, y como todas las residencias imperiales o reales de Europa, data del siglo XVIII.)
Pero me ahorraré la explicación histórica, no temáis.


El caso es que es un parque enorme, salpicado por fuentes, esculturas y palacios aquí y allá. En verano es una gozada pasear por sus caminitos, pero en otoño... es espectacular. Sobre todo para aquellos que venimos de lugares en los que el otoño no existe, como Valencia.
El domingo fui allí con unos amigos a dar un paseo y el gen japonés que llevo dentro se manifestó en un dedo flojo que me hizo disparar casi 50 fotos en dos horas. Me encantaría subiros (casi) todas las fotos que hice, pero algo me dice que quizá os aburriríais de tanta hoja naranja. Así que aquí tenéis una pequeña muestra.



Es una pena que en las fotos no se aprecie el frío que hacía: la temperatura no subía de los 5ºC.
Pero aun así fue un paseo precioso.










Me voy a despedir por hoy. A lo tonto llevo un buen rato (¿horas?) haciendo pruebas con las plantillas, peleándome por que las fotos queden como yo quiero, luchando a brazo partido contra las tabulaciones de los textos y otras chorradas por el estilo, y de tanto probar y probar, pues me ha entrado hambre. (Y eso que no he logrado dar a la entrada el aspecto que yo quería, como creo que podréis apreciar...)
Así que mañana seguiré con más, pues tengo una carretilla (en el sentido metafórico) llena de cosas que contaros.

Besos.